Volumen 1 - "Salud, dinero y amor (bueno, más bien salud)"

Cuando uno está internado por cualquier causa, tiene la oportunidad de apreciar la sacrificada vida del personal de la salud. Tan sacrificada, que no tienen tiempo de aprenderse su apellido, no ya digamos su nombre. Es comprensible, son muchos pacientes. Usted, que se encuentra en un estado de virtual indefensión, más o menos susceptible, más o menos dolorido, o directamente más o menos inconsciente, muchas veces depende de tan abnegados profesionales para llevar a cabo los menesteres más básicos. Y no pocas veces, también tiene que aguantar ciertos tratamientos que en un estado de vulnerabilidad como el suyo, pueden afectarlo en mayor o menor grado. 

         Por ejemplo, cuando cambia el turno, la simpática nurse, al hacer su ronda, lo saludará con un "Buenos días, madre", "Buenos días, abuelo", etc. Si usted está de parto, obvio que es madre o lo será pronto. Esa generalización no cae nada bien, sobre todo porque usted está rodeada de decenas de otras madres, entonces que la llamen así y N.N. es más o menos lo mismo. Por su lado, si es una persona de cierta edad, internado a causa de una dolencia más o menos grave, no puede más que molestarlo que de pique nomás lo califiquen de antepasado. ¿Le subió la presión o vino al mantenimiento de sus vendas de momia? ¿Qué sabe esa jovencita o esa matrona si usted es abuelo o no? Puede empeorar, desde luego: si se molesta en aclararlo, a lo mejor lo llaman viejo, nomás, lo cual no deja de ser una suerte, considerando que suelen agregar una preposición más algún adjetivo ofensivo.

La masificación en la atención de la salud genera la conveniencia de que se agencie un acompañante que pueda supervisar, de alguna manera, los tratamientos que le dan. Ya sea pariente o servicio de compañía. La conveniencia, obviamente, es para su integridad física y/o las empresas de acompañantes; para sus parientes, si usted se enferma, se transforma en el clavo que faltaba. Pero la razón de ser del acompañante es asegurarse de tener un par de ojos extra, preferiblemente pertenecientes a una persona más sana de lo que está usted (o más joven), para mirar por su bienestar. No se haga ilusiones: si tienen que ponerle suero, a lo mejor no se va a dar cuenta de si es simple, glucosado o con morfina. Lo que sí puede darse cuenta es de que algo anda mal cuando usted empiece a convulsionar y a echar espuma por la boca, y así llamar a una enfermera lo antes posible. Después de todo, en ese estado usted no puede tocar el timbre. No solamente porque no está a su alcance, sino porque sus extremidades se agarrotan por momentos.

Si llega a tener la inmensa suerte de que lo acompañe un pariente, tiene además la ventaja adicional de conocer la patología por causa de la cual lo han internado. Entonces, su intervención resultará fundamental, si no ya heroica, para que le realicen la intervención de fimosis que le corresponde, en lugar de la histerectomía que indica su historia clínica, y que por supuesto, no se sabe quién cuernos anotó ahí. Pero no se sulfure, la pobre nurse no se dio cuenta que usted se llama Roberto. Son tantos pacientes...

Una vez salido del quirófano, puede resultar muy cómodo para usted pedirle al médico que le prohíba las visitas; esto tiene un montón de ventajas. No joroba a nadie, evita que lo vean semidesnudo, o peor aún, semivestido con esas batas que nunca abrochan bien atrás, conserva su privacidad… es fantástico. Y no le digo nada, si quedó con esas náuseas repugnantes producto de la anestesia, esa jaqueca fatal estilo borrachera pero sin la diversión previa, y una sonda colocada en alguno de sus orificios, no importa cuál. Amén de que toda esta gente viene de la calle, trae un montón de gérmenes y usted, que se supone que vino a curarse pero que la intervención lo puede tener un tanto inmunodeprimido, lo menos que quiere es una infección extra o intrahospitalaria. Que le lleve a un mes más de turismo hospitalario, en suma.

¿Pensó alguna vez la cantidad de dinero que usted pagó a lo largo de toda su vida para su salud? No se alegre de que la operación le salga gratis (bueno fuera con lo que cuesta la cuota), lo verdaderamente caro es la hotelería (si es que se le puede llamar así). Limpiar, sí, limpian, y cocinar, cocinan, también. Tiene aseguradas las cuatro comidas diarias, siempre que pueda usted comerlas, claro está. Este es uno de los grandes misterios del universo: ¿cómo logran que todo tenga más o menos el mismo gusto? Y no digamos ya la carne y las verduras, sino el almuerzo con el desayuno y la cena con la merienda. Debe ser una empresa alimentaria especial que usa el mismo preparado para su elaboración y sólo diferencia su apariencia. No se queje, no está en un all-inclusive, aunque cueste lo mismo. Después de todo, la salud no la paga con nada, ¿verdad?

Si logra salir de ahí y lleva una convalecencia exitosa, siempre le quedará la posibilidad de irse unos días a un paraíso caribeño y pasar unos días en un hotel verdaderamente all-inclusive. Porque eso de que el dinero no compra la felicidad será cierto, pero ayuda que es una barbaridad.

En cuanto al amor, ya habrá tiempo de hablar de eso. Total, por algo viene último, en la célebre frase: es algo que tiende a dejarlo sin salud y sin dinero, tarde o temprano, y como están las cosas, no es cuestión de andar perdiendo nada. Caramba… ahora que lo pienso, qué parecido a lo que hace el Estado.