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Jamás leí a Onetti


En un audiovisual del mismo título, reflexiona J.C.O. sobre sí mismo y remata: Jamás leí a Onetti.

No sin desparpajo y con la burlona intención de desdoblar del acto de la escritura el de la lectura, esa sola frase es un buen resumen de la idiosincrasia onettiana. Como si en el propio acto de escribir no estuviera implícito el acto de leer. Como si no hubiera mil motivos para leerlo. Como si hiciera falta tener alguno. Como si no fuera tremenda la experiencia de su lectura.
Y en esa contundencia inmutable ¿cómo contradecir tal afirmación cuando se parece tanto a una invitación a no leerlo jamás?

Ni su persona, ni su obra, parecen poseer alguna condición marketinera que le otorgue un poco de crédito, una razón ajena a la propia experiencia única e irrepetible del acto de leerlo en soledad, de leerlo porque sí. No hay ninguna de las buenas razones que garantizan el éxito. Probablemente no haya una sólo línea de estética efectista, de esas que dejan boquiabierto a cualquiera. Sin embargo hay una suerte de irresistible seducción en esa antipracticidad, en esa loca insensatez de deshacerse del camino derecho y cabal, y de encaramarse, no sin desgano, al espacio supremo del mundo irreal que se consagra por completo en su Santa María: la ciudad de la evasión.

Dice Muñoz Molinas prologando Juan Carlos Onetti:
“Leer a Onetti no es difícil, según dice una superstición idiota: tan sólo exige lo que debería exigir siempre la lectura, una atención incesante, un ensimismamiento que cancele cualquier otro acto, que suprima el mundo exterior. La mejor o la única manera de leerlo es echado en la cama, con mucho tiempo por delante, con una absoluta predisposición de soledad y pereza. Aprenderemos a descubrir sentimientos inéditos, estados de ánimo que formarán parte del repertorio común de nuestra vida pero que tendrán para siempre la tonalidad del estilo de Onetti: conoceremos la dulzura triste, el desengaño ilusionado, la desesperación tranquila, la compasión cruel, los placeres de la mentira y las potestades furiosas de la verdad; percibiremos las cosas a rachas, en fragmentos, bajo una luz oblicua, modificadas o falsificadas por el recuerdo, mejoradas por el olvido, como esas estatuas antiguas que perfeccionó la intemperie; nos estremecerá la juventud con su milagro tan inmediato y sutil como el de la palpitación de un músculo y nos dará asco y terror y lástima la vejez. Encontraremos las palabras exactas y atroces del desengaño («Figúrense ustedes el pesar creciente, el ansia de huir, la repugnancia impotente, la sumisión, el odio») y las que nombran el arrebato del amor y su promesa de sufrimiento y de felicidad: «Te agarra a traición, como algunas muertes. Y ya no hay nada que hacer, ni patalear ni querer destruir. Porque no se sabe si es una cosa que te golpeó desde afuera o si ya la llevabas como dormida y a veces creíste que estaba muerta para siempre. Y qué pasa entonces. Que la llevabas adentro y sin aviso alguno en un minuto salta y se te derrama por todo el cuerpo y hay que aceptar y todavía peor, hay que alimentarla y hacer que cada día aumente las fuerzas, obligarla a que te haga sufrir más».” (Prólogo a los Cuentos Completos - Alfaguara - 1994)

La impresión de leer, por ejemplo, La vida breve, es la de una de esas imagen tridimensionales que solo se descubren desde determinado ángulo. Esas a las que uno mira de frente y no ve más que una imagen confusa, pero debe seguir intentando ver más allá porque sabe que en esa confusión hay una imagen escondida. Por instantes parece que se va aclarando, pero en otros todo se vuelve a desdibujar. Hasta que llega un momento en el que repentinamente rompe los ojos y se evidencia en todo su esplendor con una estremecedora claridad. Así acercarse a Santa María tiene algo de esa dimensión onírica, en una especie de confusión que de a ratos es irreal, de a ratos es un sueño, de a ratos nos atrapa como la más innegable de las realidades.

Y como para muestra basta un botón. Mejor, que sean dos.

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