La Vieja


Homenaje a Mario Levrero y su cuento El Mendigo

 

Rudy Menendez

 

Ayúdeme a cruzar que no veo!!! Ayúdeme a cruzar que no veo!!!, la voz chillona de la vieja ciega se instaló molestamente en mi oído. Estaba parada en la esquina de mi casa. Era tarde; un día gris, húmedo y pegajoso. Me acerqué y su mano sucia y huesuda se aferró a mi brazo. Cruzamos la calle. El vaho a meos que se desprendía de la vieja tapaba mis sentidos. Su repulsivo cuerpo doblado se inclinaba peligrosamente hacia el suelo. Su rostro era gris, arrugado, con manchas que en algunas zonas se transformaban en gruesas verrugas, el cabello era una maraña grasosa y gris que el viento cálido no inmutaba. Su larga y ancha pollera me daban la sensación de monja o de loca.

La vieja no se desprendía de mi brazo, yo estaba mareado con su olor. Me pidió que la acompañara a su casa, que era muy tarde y peligroso para ella estar en la calle a esas horas. Seguimos juntos, no recuerdo porque razón, algo de ella me hacía pensar en alguien que conocía o tal vez no fuere así. Entramos a un largo y oscuro pasillo. Bajamos por unas escaleras, dos, tres o cuatro pisos, parecía que estábamos en las catacumbas del Montevideo colonial. A esta altura ya no puedo precisar quien acompañaba a quien, la vieja se manejaba con demasiada agilidad, mientras yo iba trastabillando en la semioscuridad. Por fin abrió una puerta que hizo un ruido de los mil demonios, entramos y la oscuridad lo invadió todo.

Prenda una luz, le rogué. La vieja soltó una estridente carcajada. Yo me la imaginaba sosteniéndose su abultada barriga y abriendo desmesuradamente la desdentada boca. Y me lo imaginaba porque en esta maldita oscuridad no podía ver un carajo. La vieja encendió un farol y aún riéndose me decía – Mijo!, luz es lo único que no preciso.

Trataba de irme, pero la vieja seguía reteniéndome, me pidió que me sentara en el destartalado sofá que estaba lleno de platos sucios, restos de comida y de papeles pegados en la cuerina rota. Me contó parte de su triste vida mientras empinaba una botella de whisky barato. Ya entrecortadamente me hablaba de lo maravillosas que eran sus hijas. Quise verlas. Su rostro se iluminó por un segundo y desapareció en la oscuridad, cuando volvió su arrugada mano tenía agarrada por la cola a tres enormes ratas que chillaban con pavor y se retorcían en el aire. Le tiré unas monedas y escapé, corrí y corrí, subiendo, subiendo.